- ¡Déjame entrar! -bramaba la voz de él, al mismo tiempo que golpeaba la puerta desde afuera-. ¡Dámelo! ¡Es mío!
Nicolás se estremeció de terror, nunca había estado tan asustado. Era lógico pues tenía sólo quince años y no había visto a nadie tan enfurecido y menos aún a su propio padre. Talvez se lo hubiera entregado si no hubiera reaccionado de aquella forma tan brutal.
- ¡Abre la maldita puerta! –continuaban los gritos y los golpes.
Había una ventana en el cuarto, pero recordó que estaban en el séptimo piso de un edificio en medio de la ciudad. No había manera de que sobreviviera a esa caída. No, no tenía como escapar y tenía tanto miedo.
- ¡Dámelo y no te haré daño!
“Aunque le dé, sí lo hará” pensó Nicolás abatido.
Abrazó el libro, por alguna razón le parecía algo valioso, como un tesoro y obviamente su padre pensaba igual. Lo tomó entre sus manos y lo miró, no tenía nada de especial, era un volumen de tamaño mediano y apariencia antigua, con una pasta de cuero negro y blando, pero en su interior solo había una frase escrita: “No voy a regresar, los humanos se llevan la mejor parte de la creación.”
Sin embargo, lo que resultaba fascinante era que las letras que formaban la frase latían alegremente, como si estuvieran vivas. Nicolás las miraba con miedo y asombro, miedo porque temía que no volviera a verlas y asombro porque no dejaba de intrigarle su misterio. Había algo mágico en aquel libro.
Fue así, mientras las observaba y la puerta crujía peligrosamente, que descubrió algo más, porque algo se agitaba en su interior, algo que hacía que el miedo parezca ridículo, era como un río crecido por la lluvia. Al mismo tiempo las palabras latieron con más fuerza, la tinta se hizo más negra y abundante. Y Nicolás, sin saber que hacía, puso su dedo sobre las letras. Al instante, éstas se disolvieron y la tinta formó un punto bajo su piel.
Impresionado Nicolás dibujó una puerta. No tenía idea de lo que estaba haciendo, ni que podía que sus acciones estuvieran guiadas por alguna voluntad que no fuera la suya. Pero tampoco tuvo tiempo de pensar en todo eso, porque justo entonces su padre logró entrar, haciendo pedazos la puerta.
- ¡Maldito! ¡¿Qué crees que estás haciendo?! -gritó, tenía en sus ojos un brillo de locura y sus manos sangraban llenas de astillas. De pronto sonrió siniestramente- Ya no puedes escapar –añadió.
Nicolás pensó en la puerta de su dibujo y, para su sorpresa, vio que ésta se abría. Un segundo después la habitación desaparecía hasta convertirse en el interior de un ascensor. El libro seguía en sus manos. ¿Había escapado o era un sueño? No se sentía como un sueño, pensó, debía haber escapado, pero ¿cómo?
Sonrió. No importaba.
Sentía que subía, pero entonces notó que no había nada que indicara en que piso estaba, ni tampoco botones para escoger a dónde ir. “Que raro...” pensó, pero le quitó importancia, cuando llegara a su destino pensaría que hacer.
Después de un rato se detuvo y las puertas se abrieron.
- ¿Qué..? –dijo en voz alta.
Al otro lado de las puertas había un jardín muy hermoso y colorido, cubierto por un cielo claro, demasiado claro...
- ¡Oh, al fin has regresado Nicolás! –dijo una voz-. Bienvenido a Alfheim.





