jueves 31 de diciembre de 2009

Lo último de este año: "Miedo"

Otro año se va, ya son algunos desde que comencé a escribir en este blog y espero que no sea el último. Mis mejores deseos para este año y una pequeña historia para cerrarlo.

Saludos y disfruten :)
¡Feliz 2010!



Miedo


La puerta del consultorio se abrió y entró un hombre corpulento, de mediana estatura y ojos vivaces. Vestía con un uniforme de militar y los duros rasgos de su rostro no alcanzaban a ocultar lo incómodo que se sentía al estar ahí. Su ropa y su piel reflejaban todas las batallas en las que había estado alguna vez y de las cuales había salido con vida.

- Buenos días, señor –dijo el militar al cerrar la puerta.

Su voz sonaba como estrangulada por alguna vieja herida.

- Siéntese, sargento Díaz –dijo otro hombre, sentado detrás de un escritorio.

El soldado dudo un rato antes de sentarse. No le gustaba para nada la situación en la que se encontraba, pero optó por no quitar los ojos de su enemigo. El otro hombre también vestía de militar, pero con una bata blanca encima y unos lentes sobre sus ojos redondos. El doctor parecía nunca haber estado en un campo de batalla, pero se veía igual de incómodo que el sargento.

- ¿Sabe usted por qué está aquí? –inquirió el doctor, con un tono de superioridad.

De su escritorio sacó una carpeta y comenzó a ojearla sin mirar a los ojos de su paciente. No le gustaba su trabajo, no le gustaba lidiar con soldados traumatizados, ni mucho menos escuchar sus historias sobre la muerte, pero la paga era buena.

- Sí, señor.

El doctor alzó la mirada al fin para ver las cicatrices que habían quedado en el sargento y pensó en la terrible guerra que al fin había terminado después de tantos años. El mundo nunca volvería a ser el mismo después de eso. “Nunca...” repitió en su cabeza.

- Los altos mandos valoran su valentía y quieren que yo lo ayude a librarse de la condena que lo espera por asesinar a sus compañeros –tragó saliva, su tono había sido frío al hablar, pero no se sentía así.

Apenas habían pasado unos minutos, pero ya odiaba al soldado. Le desesperaba su mirada fija y atenta, no le gustaba la idea de que fuera el paciente quien lo examinara a él.

El sargento apretó la mandíbula sin dejar de mirar al psicólogo. Era muy malo hablando, por eso le gustaba tanto el ejército, porque lo que contaban eran las acciones y el valor, no las palabras. Como un viejo sabueso, podía oler el miedo de su interlocutor, sin embargo, no sabía como aprovecharse de ello. No estaba acostumbrado a este campo de batalla.

- ¿Por qué lo hizo, sargento? –presionó el doctor.

- No soy un traidor, ni tenía nada en contra de esos hombres, señor –se detuvo. Todavía recordaba con claridad lo que había pasado, pero le seguía dando escalofríos.

- Continúe por favor.

- Lo hice por su bien, señor.

El doctor desvió la mirada. No le gustaba estar tan cerca de un psicópata. Tenía miedo, el hombre que tenía al frente suyo estaba definitivamente loco. “Sólo debo encontrar una razón” pensó.

- ¿Qué quiere decir con eso, Díaz? –dijo, mientras trataba de limpiarse el sudor de las manos al disimulo.

El soldado guardaba silencio como si se encontrara en un interrogatorio y al doctor le incomodaba su mirada fija, sentía como si le taladrara la cabeza. Él no había pisado nunca en su vida el campo de batalla ni se había enfrentado a la muerte, pero el sargento sí y parecía como si quisiera humillarlo a sabiendas de eso.

- ¡Respóndame, maldición! –estalló-. ¡Es una orden!

Los recuerdos del sargento salieron a flote e inundaron su mente, haciéndolo temblar como a un niño.

- Debía salvarlos de los monstruos... era la única forma... –dijo débil.

“Está completamente loco” se dijo el doctor, buscando con la mirada su pistola de sedantes o la de verdad, la que encontrara primero serviría. Sin embargo el sargento se había quedado paralizado y la expresión que tenía en su rostro le dio más miedo de lo que ya tenía.

- ¿Qué pasa? –preguntó nervioso, aún sin encontrar su pistola.

Díaz no contestó. No podía, estaba atrapado de nuevo. Su garganta seca no emitía ningún sonido, pero no era eso lo que lo había salvado tantas veces de la muerte. El pánico no se apoderaba de él por completo y entonces recordó. Tenía un cuchillo en el zapato, podía matarlo, debía matarlo...

- ¡No se mueva! –logró decir.

El doctor no estaba dispuesto a hacerle caso, abrió un cajón y encontró al fin la pistola. Pero era demasiado tarde. El filo del cuchillo se clavó en su pecho sin piedad alguna.

- ¡Muere monstruo!- exclamó Díaz, triunfante.

El otro hombre miró su bata cubierta de sangre por última vez. Unas patas peludas habían dejado de moverse también: el monstruo vencido por el sargento.

- Pero si sólo es una... –dijo el doctor con un hilo de voz, antes de caer muerto.

El sargento se levantó y salió corriendo. No se atrevió a retirar su arma, pero ya encontraría una nueva. Era un soldado después de todo, la guerra nunca terminaría para él. Nunca...


FIN